El poder no tiene uniforme -
Por María Soto
El: 20/05/2026

El poder no tiene uniforme

Hace poco, en el marco de una asesoría de imagen política, una clienta me dijo con total claridad:

“No puedo usar pantalón. Me siento profundamente incómoda.”

Y luego vino la pregunta que realmente importaba: ¿Puedo construir una imagen de liderazgo desde ahí, o tengo que adaptarme?

La pregunta es más sofisticada de lo que parece. Y merece una respuesta a la altura.

Durante décadas, la sastrería masculina compuesta por el traje, el pantalón y una paleta de colores fríos, funcionó como señal de acceso al espacio público de toma de decisiones.

No era solamente una cuestión estética, sino un sistema de codificación social. Vestirse como un hombre fue, para muchas mujeres, una estrategia de legitimación en entornos donde la autoridad tenía una sola fórmula visual.

Ese fenómeno tiene nombre en los estudios de género y comunicación política, se lo analiza como mimetismo simbólico, la adopción de los códigos del grupo dominante para acceder a su reconocimiento.

Margaret Thatcher lo practicó con mucha precisión. Hillary Clinton también, aunque con resultados más ambivalentes. Pero el tiempo, y la transformación del liderazgo contemporáneo, ha hecho visible algo que siempre estuvo ahí, y es que el mimetismo tiene un costo.

La imagen no es lo que uno elige ponerse. La imagen es lo que el otro percibe, y esa percepción está construida por señales que van mucho más allá de la prenda.

Cuando alguien viste algo que le incomoda, el cuerpo lo procesa como una perturbación. Esa perturbación se traduce en micro expresiones como una postura levemente contraída, movimientos que pierden fluidez, o una presencia que ocupa menos espacio del que podría. Todo eso comunica.

Y en contextos de liderazgo y/o alta exposición pública, esa tensión corporal puede leerse como inseguridad, ambigüedad o falta de convicción, aunque el contenido del mensaje sea exactamente el correcto.

La semiótica es clara en este punto, y enfatiza que los mensajes no verbales tienen mayor peso que los verbales en la construcción de credibilidad, especialmente en las primeras interacciones.

El cuerpo habla antes que la boca, y si el cuerpo está en conflicto con lo que viste, ese conflicto es lo primero que el otro recibe.

Ante la incomodidad con una prenda, hay una pregunta que vale más que cualquier otra:

¿Esto me incomoda porque no soy yo, o porque no estoy acostumbrada?

No es lo mismo. Y confundirlas es uno de los errores más frecuentes en los procesos de desarrollo del estilo personal.

La incomodidad por falta de hábito es técnica, es decir, aparece al principio, disminuye con el uso cotidiano, y eventualmente se integra. Hay un proceso de adaptación corporal posible.

Pero la incomodidad identitaria es estructural porque no disminuye con el tiempo. Porque no es una cuestión de adaptación sino de coherencia. Cuando una prenda contradice algo profundo en la forma en que alguien se percibe a sí mismo (desde su cultura, su historia, su cuerpo o su identidad de género), forzarla no genera integración sino una fricción permanente.

Distinguir entre ambas es, en rigor, parte del trabajo de asesoría. No se resuelve con una lista de prendas correctas, sino con un proceso de observación y análisis más fino.

El campo de la imagen pública ha cambiado, y los datos del liderazgo contemporáneo también.

En América Latina, las últimas décadas han producido liderazgos de alta visibilidad en la política, en el mundo corporativo y en el activismo, que deliberadamente rompieron con la fórmula visual heredada. Más que como forma de provocación, lo hicieron como estrategia de autenticidad bien calculada.

Eso no significa que cualquier cosa vale ni que la imagen sea irrelevante. Significa exactamente lo contrario: que la imagen importa tanto que no puede dejarse librada al azar.

Cada elección visual activa lecturas en el otro. Por ende, el trabajo de una asesora de imagen política no es imponer un código, sino ayudar a que cada persona construya el suyo con plena conciencia de lo que comunica.

Una falda estructurada puede comunicar autoridad exactamente igual que un pantalón. Una paleta de color consistente puede construir reconocimiento de marca personal tan poderosa como la que construye un traje. Lo que determina el resultado no es la prenda en sí misma, sino la coherencia entre la prenda, el cuerpo que la viste y el mensaje que esa persona quiere emitir.

La imagen de liderazgo necesita tres cosas que sí son universales:

1. Coherencia interna. Lo que se viste tiene que poder ser sostenido por el cuerpo sin tensión. Si hay tensión, se percibe. Si se percibe, interfiere con el mensaje.

2. Legibilidad contextual. La imagen de liderazgo siempre opera en un contexto específico, frente a un público específico, con expectativas específicas. Conocer esas expectativas no es someterse a ellas, es usarlas con inteligencia para cumplirlas, subvertirlas o resignificarlas según el objetivo.

3. Consistencia en el tiempo. El liderazgo se construye con repetición. Una imagen que cambia de registro en cada aparición produce ruido. Una imagen que tiene identidad propia produce reconocimiento.

Ninguna de esas tres condiciones requiere vestir un pantalón.

El poder, en su versión más interesante, no se pide prestado ni se imita. Se construye desde adentro hacia afuera. Y la imagen personal es uno de los instrumentos más sofisticados para esa construcción, cuando se trabaja con rigor.

La clienta que me hizo esa pregunta no necesitaba que le dijera si podía o no usar pantalón. Necesitaba entender qué comunica su cuerpo cuando está cómodo, qué comunica cuando no lo está, y cómo construir desde ahí una presencia que sea reconocible, creíble y suya.

Eso es lo que logra la asesoría en imagen cuando se hace desde una metodología consciente.

Si lideras (o querés liderar) en política, en el mundo corporativo o en el espacio público, y sentís que tu imagen todavía no refleja quién sos ni el rol al que apuntas, te invito a agendar una videollamada de claridad para conversar sobre cómo puedo acompañarte.

María

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